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Mamá

"¡Oh, qué juegos os traéis!", y parecía cuando éramos niños y desaprobaba siempre nuestras diversiones por demasiado fútiles e infantiles. Pero ahora, quizá por primera vez, disfrutaba con un juego nuestro. Las pompas de jabón le llegaban hasta la cara y ella, con el aliento, las hacía estallar y sonreía. Una pompa se posó en sus labios y quedó intacta. Nos inclinamos sobre ella. Cósimo dejó caer la escudilla. Estaba muerta. Italo Calvino

XIII

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- Estoy cansada. - ¿De ésos? - De todos vosotros. - Ah. - Ellos me han dado las más grandes pruebas de amor... Cósimo escupió. - ... Pero no me bastan. Cósimo alzó los ojos hasta ella. Y ella: - Tú no crees que el amor sea entrega absoluta, renuncia de uno mismo... Estaba allí en el prado, hermosa como nunca, y la frialdad que endurecía apenas sus rasgos y el altivo porte del cuerpo habría bastado muy poco para disolverlos, y volverla a tener entre los brazos... Podía decir algo, Cósimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: "Dime lo que quieras que haga, estoy dispuesto...", y habría vuelto la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras. En cambio dijo: - No puede haber amor si no se es uno mismo con todas sus fuerzas. Viola hizo un movimiento de contrariedad que era también de cansancio. Y sin embargo, aún habría podido entenderlo, como de hecho lo entendía, es más, tenía en la punta de la lengua las palabras para decir: "Tú eres como yo ...

El barón rampante

La agitación de los tiempos comunica a muchos una necesidad de agitarse también ellos, pero al contrario, fuera de la corriente.

Un árbol crece en Brooklyn

La mayoría de las mujeres tenía algo en común: los dolores del parto. Esto debería unirlas a todas, debería empujarlas a amarse y defenderse de los hombres. Pero no era así. Parecía que los enormes dolores del parto les habían endurecido el alma. Sólo se unían para hacerle daño a otra mujer, con las palabras o con las piedras. Ésta era la única forma de lealtad que conocían. Los hombres eran distintos. Podían odiarse, sin embargo, formaban un bloque compacto contra el mundo entero y contra cualquier mujer que intentase enredar a uno de ellos.

El tulipán negro

Entre el semblante del conquistador y el del pirata, decían los antiguos, ¿qué diferencia podrá hallarse? La que se halla entre el águila y el buitre. La serenidad o la inquietud.

Las aventuras de Tom Sawyer

Había descubierto, sin darse cuenta, una de las principales leyes que rigen el comportamiento humano, a saber, que para hacer que un hombre o un muchacho codicie una cosa, sólo hay que hacerla difícil de conseguir.

Erik

He ideado una máscara que me presta la cara de cualquiera. Nadie se volverá a mirarme, Serás la más feliz de las mujeres. Y cantaremos sólo para nosotros, hasta morir. ¡Lloras! ¡Me tienes miedo! ¡Sin embargo, no soy malvado en el fondo! Ámame y lo verás. No me ha faltado más que ser amado para ser bueno. Si me amases, yo sería dulce como un cordero y harías de mí lo que quisieras.

El fantasma de la Ópera

Y una sinfonía triunfal pareció abarcar el mundo de tal modo que comprendí que la obra por fin estaba acabada y que la fealdad, elevada sobre las alas del Amor, había osado mirar de frente a la belleza.

Más allá del peligro

Una semana después de que murió de pronto entendí que su amor por mí estaba seguro: ya nada lo podría alterar. A veces, durante el último año, su rostro se iluminaba cuando yo entraba a su habitación, y una vez, medio dormido, sonrió al pronunciar mi nombre. Respetaba mi arrojo: la vez que me ataron a la silla, ataron a alguien que él respetaba, y cuando dejaba de hablar durante semanas enteras, yo era uno de los seres a quienes no le hablaba, alguien con un lugar en su vida. La última semana lo dijo sin querer: entré a su cuarto y le pregunté "Cómo estás", y contestó, "Yo a ti también". Desde entonces, temí perder esas palabras. Hasta el último momento podía equivocarme, ofenderlo. Bastaría una de sus muecas de disgusto para que volviera a joderme la vida. Intenté no pensar demasiado, ayudaba a cuidarlo, le limpiaba el rostro, lo acompañaba. Pero un rato después de que murió, de pronto pensé, con asombro, ahora s...

Cerca de la muerte

Lo siento ahora, siempre, una presión firme sobre todo el cuerpo, como si me tuvieran sujeta en una prensa de flores. Temo que suene el teléfono: una voz me lo dirá aunque yo no esté lista, aunque no haya encontrado un lugar, aunque no sepa que pasará con él, a dónde irá. Siempre pensé que guardaba una salvación para él, oculta, incluso ante mis propios ojos, dentro de mí. Pero no sé quién será él entonces, cuando suene el teléfono, dónde estará, no tengo nada que darle, ni una red, ni siquiera un cielo para salvarlo. Me enseñó el mundo, la noche, el sueño, el cuerpo el cuerpo del hombre en toda su belleza y su terror, él dispuso ese paisaje para que yo regresara a él a través suyo, y yo volveré para darle cuanto me dio: el mundo, la noche, el sueño, la belleza, el terror.

Labia

El corazón humano puede ser algo tan extraño como una pistola humeante. Una vez que está cargado, lo prudente es mantenerse alejado de él. Cuanto más lejos, mejor. Uno nunca puede saber de dónde vendrán los disparos. Se oye clic. Una bala surca el espacio. El pequeño proyectil sigue su rumbo. Va en busca de su destino. Está hambriento. El aire se calienta con su roce. Uno no nota nada, no siente nada, han pasado unos pocos segundos, pero en ese breve intervalo algo crucial ha ocurrido sin que nos demos cuenta. No sentimos dolor, sólo un ligero pinchazo de picadura de avispa y un principio de mareo. Nada que tenga importancia. Nada, a excepción de unas cosquillas feroces en el estómago y un charco negro en el suelo que aumenta de tamaño. Han apretado el gatillo. Han vaciado el cargador. El corazón está descargado.

Reflejos en un ojo dorado

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Sus recuerdos de aquellas horas eran enteramente sensuales: la espesa alfombra bajo sus pies, la seda cayendo en pliegues, el débil aroma del perfume. Recordaba también el suave calor de aquella piel de mujer, la oscuridad silenciosa... y aquella dulzura extraña dentro de su propio corazón, y la fuerza tensa de su propio cuerpo cuando se inclinaba a la vera de la cama, tan cerca de ella.

El aliento del cielo

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El Amor. Con mayúscula y con, también, decisivos matices. El Amor a los hombres y a las mujeres. El Amor al arte. El Amor al Amor al arte. El Amor de corazones rotos o de corazones a punto de romperse o el Amor que hace irrompibles a esos corazones o que es lo único que puede repararlos. El Amor, finalmente, como la más inexacta e implacable de las ciencias. Buscar y encontrar el credo y la fe de esa ciencia -las fórmulas que la resuelven, las fracciones que la complican- .

El hombre que fue Jueves

-¿Es usted el nuevo recluta? -preguntó el jefe invisible, que parecía saberlo todo acerca de él-. Bien, queda admitido. Syme, confundido, se resistió débilmente contra esa frase irrevocable. -En realidad no tengo experiencia -comenzó. -Nadie tiene experiencia -dijo el otro- de la batalla de Armagedón.  -Pero carezco de preparación... -Posee la voluntad, eso es suficiente -dijo el desconocido. -Bueno -dijo Syme-, francamente no conozco ninguna profesión en la que sólo la voluntad capacite para su ejercicio. -Yo sí -dijo el otro-, la de mártir. Le estoy condenando a muerte. Que tenga un buen día.

Click

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Por ejemplo, algo que me parece importante. Decir que nunca he gozado tanto con una mujer como haciéndole disfrutar con el sólo auxilio de mis manos. Pueden llamarlo altruismo sensual, si quieren. Tumbarme junto a ella, despertar junto a ella y empezar a acariciarla, hacer que vaya entrando poco a poco en el terreno del amor. Recorrer lentamente, delicadamente sus curvas de acuerdo a un mapa imaginario plagado de valles y cumbres de placer. Sentir cómo ese paisaje vivo se agita bajo la palma de mi mano, bajo mis dedos. Se trata de extraer los registros a ese instrumento de precisión, con calma, con cuidado, sabiendo que un gesto en falso puede desencadenar la catástrofe. Mirar cómo se estremece mientras la acaricio, separándome de ella, contemplándola como si se tratase de un hermoso paisaje agitado por la brisa de la mañana.

Ligeros libertinajes sabáticos

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"No debes dudar nunca ante el placer, o el placer se burlará de ti si se le antoja."

La broma

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No hay nada que una más rápido a la gente (aunque sólo sea en apariencia e ilusorio) que una comprensión mutua triste y melancólica; este ambiente de serena compasión, que adormece todo tipo de temores y prejuicios y es comprensible para un alma sutil o vulgar, instruida o simple, es el modo más sencillo de acercamiento y es, sin embargo, muy poco frecuente: el problema es que hace falta dejar de lado el modo de "llevar el alma" que uno ha cultivado, los gestos que ha cultivado, la mímica habitual, y ser sencillo...

Crímenes bestiales

Si la vida entera es un juego de azar, ¿para qué apostar?

Las otras vidas

Si te tuviera. Si te pudiera tener. Iría recorriendo tu figura con la palma abierta de mi mano hasta crearte ese rostro que no encuentro. Serías nostalgia, memoria, futuro perfecto, un cuerpo que se suma a otro cuerpo que se suma cuando imaginar es tan intenso como estar. Aunque vinieras, seguiría recordándote, despacio, con las yemas de los dedos, con las aristas del pelo, con las puntas de los pies. Te buscaría como si no hubieras llegado, como si fueras un recuerdo extravagante que se descubre al doblar la esquina en un día cualquiera. Con miedo, con prejuicios, con los dientes afilados. Te espero. Sentada en la orilla de mil recuerdos, desde el deseo increíble de poderte tocar. El resto será como siempre. Un bar. ¿Seguirán siendo traslúcidas las ventanas? ¿No habrá cambiado la noche de lugar? Te temo: ¿no serás un desconocido? Te deseo, y ahí estarás, por fin.

Diario de una mujer

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"... de dos semblantes, como tu rostro y el mío ahora que nuestra mirada adversa nos ha alejado para siempre."